Thursday, October 8, 2015

Filiación soberana

César Mario Gómez Montañez, La comunidad del naciente. Por una biopolítica afirmativa del exceso

Tenemos demasiado arraigado, aún, un modelo de familia fundado en la soberanía (...) El naciente, apropiado en su entrada a la vida bajo un modelo soberano, mantendrá en él la tensión de éste y favorecerá, por tanto, su vinculación afectivoemocional con regímenes de tal tipo. En este modelo de familia, lo que opera es la conjura sistemática de un naciente, con toda su singularidad, por medio de una operación de apropiación. Se establece una concepción de propiedad que rearticula al naciente en una nueva categoría semántica: el hijo. Parafraseando ciertos modelos retóricos, ‘ahí donde se encara un naciente, este debe devenir mi hijo’. En esta figura de paternidad, fundada en la identificación y en cierta ‘realización’ del padre a través del hijo podemos comprender la conjura de la diferencia.

En otras palabras, el hijo adquiere la condición de ser en potencia, pero en el que tal potencia pre-existe y lo predetermina. (...) Esta es la conjura que supone la figura del hijo propio. La preexistencia como potencia hace del hijo una imagen a realizar. El modelo soberano, resuelve las tensiones de singularidad por una adecuación simétrica a la imagen del hijo. Un naciente deviene este hijo como imagen. La identificación se inaugura como un proceso de adecuación a una imagen, que no es otra cosa que el mito del hijo –como cuando hablamos del mito de la comunidad que se supone acabada o realizada–. Por ello se trata de una simetría entre el padre y el hijo. La asimetría del hecho problemático del naciente como pura potencia a individuaciones sucesivas, es relevada por una simetría, correspondiente con un modelo hilemórfico de la identidad, en la que el individuo se adecua paulatinamente a su forma, a la imagen que de él tiene el padre. No se nace hijo, se hace hijo, se le produce, se le apropia por una técnica específica de adecuación e imagen. Violencia hilemórfica sobre el devenir del ser".

Gómez Montañez, César Mario. 2010. La comunidad del naciente. Por una biopolítica afirmativa del exceso. Tesis de Maestría, Departamento de Filosofía, Pontificia Universidad Javeriana.  

Tuesday, September 29, 2015

Cyclonopedic thoughts

En medio de los impasibles metales que sostienen una inmensa valla en lo alto de un edificio, veo una pequeña y solitaria sombra humana. Se ha alejado, quiero pensar, de la venenosa sociabilidad contemporánea que impone distorsionadas formas de estar-con,“comunidades” y “comunalidades” prefabricadas que vinculan sin vincular. Soledad proliferante la de esta enigmática figura: encuentros y conexiones consigo mismo, con materiales anónimos, con seres inventados, con pensamientos bizarros y confusos, con imágenes y perspectivas, con uno y muchos mundos. Estar solo sin estarlo… Pienso en nuestra amistad y por eso te escribo. Para que estando solo no lo estés, para que una parte de mí esté ahí sin estarlo, para que en la ausencia haya presencia y en la soledad, vínculos. 

Thursday, September 24, 2015

Encuentros dispersos (cercanos y lejanos) de todos los tipos (no solo del tercero)

El tema del encuentro, o más bien en plural, de los encuentros, se me sigue apareciendo recurrentemente. Bien se podría objetar que soy yo el que, voluntariosamente, persigue esta cuestión –como un cazador a su presa. Sin embargo, hay que decir que más que una mezquina obsesión, mi interés y conexión con aquel tema no es otra cosa que un encuentro: un encuentro con ‘el encuentro’, o mejor aún, encuentros múltiples y dispersos con ‘el encuentro’. Mi acercamiento al tema, entonces, debe ser definido no como una cinegética (arte de la caza) sino como una especie de criptozoología. El criptozoólogo, curioso por toparse con críptidos –seres cuya existencia es puesta en duda por la ciencia moderna–, comienza una labor de rastreo. Atento a cualquier signo o huella que lo lleve a confrontar estos seres, el criptozoólogo no desea, necesariamente, cazar a su presa (para él no hay presa). El criptozoólogo busca, fundamentalmente, maravillarse con esos seres ‘ocultos’; es presa –él mismo, curiosamente– de la fascinación hacia los críptidos, del misterio que estos animales representan. Y si a nadie más parece importarle, o si se pone en duda el propósito de su búsqueda, eso poco o nada le interesa a la criptozoología. Lo que importa no es encontrar y cazar al animal, sino utilizar y sacar provecho de la mayor cantidad de medios e información recolectada para seguir con la labor, para sensibilizarse con la existencia de aquella ‘bestia oculta’. Así pues, antes que una búsqueda por ‘el encuentro’, mi recorrido se ha tratado de encuentros con ‘el encuentro’: vislumbrar huellas, seguir rastros, prestar atención a indicios que aparecen en el ambiente y que ‘dicen algo sobre algo’. No es a partir de una obsesión –como la del cazador– que el tema se manifiesta y se presenta insistentemente. Y tampoco se trata de pasividad pura; sin duda el interés por ‘el encuentro’ existe. Es debido a que ‘el encuentro’ ha surgido como huella en el camino que, de una u otra forma, el ya muchas veces mencionado tema ha cautivado mi atención… 

Tuesday, September 22, 2015

In contra (I)

Las calles le empezaron a parecer espléndidas, llenas de luces y de personas que creía haber visto ya en algún lugar pero que sin duda no podría llamar por nombre propio. Familiaridad en el anonimato. Sentado en una banca, el mundo entero seguía su marcha mientras él, poco a poco, se perdía en la densa opacidad de su espíritu. Ensimismado, constreñido por la pesadez de sus pensamientos, se preguntaba por su propia existencia y la del mundo que habitaba. Tan importante y a la vez insignificante le pareció la vida –la suya, la de los otros, la del mundo– que en un destello de lucidez pudo entrever el cosmos. Vio que todo terrestre era tan cósmico como aquel habitáculo planetario que lo rodeaba o como las estrellas más lejanas de las que aún no sabemos nada. Pensó en los rayos del sol y en el magma volcánico, en el plancton casi infinito y en los abismos oceánicos, en el trazado geométrico de los cristales de nieve y en las untuosas sustancias subterráneas. Pero divagó, también, sobre el disgusto con su hermano, sobre la felicidad de volver a ver a su mejor amiga, sobre el dolor de la lejanía. Todo, lo personal y lo cósmico, le pareció tener la misma naturaleza: todo, absolutamente todo, era tan constitutivo como banal.

La mirada perdida, absorta en pensamientos, volvió a las calles de la ciudad. Vio entonces unos pies moviéndose en su dirección y se fijó en ellos. Levantando poco a poco su cabeza se fue encontrando con las pantorrillas, las rodillas, los muslos, la cadera, el abdomen, el pecho, el cuello. Ahí se detuvo, pues no quería confrontar la potencia del rostro. No creía necesario llevar a cabo este gesto, un gesto de reconocimiento. Además, ¿qué objetivo ulterior podría tener esto? De seguro esa persona seguiría de largo, trazaría otra ruta o, en el mejor de los casos, se sentaría al lado suyo en espera de alguien más. Quiso entonces desviar la mirada y retornar a sus existenciales meditaciones. Pero segundos antes de hacerlo, por motivos que no podemos atribuir a la consciencia voluntariosa y mucho menos al caprichoso inconsciente –solamente, tal vez, a la intensidad del afecto–, su cabeza se levantó por completo y vio el rostro de aquel cuerpo. ¡Lo conocía! Conocía ese rostro: sus particulares rasgos y la cautivante mirada no podían ser de nadie más... Se conocían, se reconocieron. Los cuerpos se tornaron casi inmóviles y el tiempo era ya otro.

¿Cómo era posible? ¿No era absurdo, acaso irreal y novelesco, ver por tercera vez y de la forma más azarosa a alguien con quien él no había intercambiado más que tímidas pero intensas miradas (eso y un par de tímidos balbuceos)? ¿Podría ser tan caprichosa la vida como para llevar a dos desconocidos a verse en más de una sola ocasión y en las condiciones menos pensadas? ¿Estaría un travieso demiurgo detrás de los encuentros más fortuitos entre los seres? ¿Se trataba de pura contingencia? ¿O acaso la contingencia, el azar, no era otra cosa que una deliberada profanación cometida por una deidad en contra del destino, del orden establecido? Sea como fuere, la inminencia del encuentro no daba espacio para responder tan metafísicas cavilaciones. Se encontraban frente a frente, sorprendidos los dos de haberse cruzado en el menos probable de los escenarios.

(…)


Monday, September 21, 2015

Comm(unity?)

Guillermo Gómez-Peña, Philosophical Tantrum

I wonder if community is still a source of hope? Community is one of our obsessions. We all long to belong to a larger “we” because we are obsessed precisely with what we lack. But you know locos, communities of sameness drive me up the wall, conjure my asthma, give me acute vertigo and claustrophobia. My community is not confined by ideological, national, or ethnic boundaries. Mine is a community of difference, and therefore it is fragmented, everchanging, and...temporary. And that’s how I like it. Besides, no one belongs to only one community, not even the Christian right, not even my Chihuahua Sigfrid ne Babalu. He hangs out with rodents, marsupials, and ghosts. Like Babalu’s, my peers are scattered all over the pinche planet, howling outsiders jumping all over the planet. Some of you are my peers; others are total strangers in my community of strangers. I long for my peers every night and hopefully, you long for me as well, and every now and then, when we get together, we lick each other’s wounds and dance until the morning like rabid kangaroos, and then we fall asleep in a circle of accidental bodies, and we dream of a better place and a better present. 

Gómez-Peña, Guillermo. 2011 Philosophical Tantrum. 24 min. New WORLD Theater Symposium, June 14th. New York. https://www.youtube.com/watch?v=74ajLA7MFDw

Monday, October 6, 2014

Ese nombre

Ese nombre, un nombre como tantos otros, se había enmarañado en su memoria y en su corazón. Por los intrincados rincones de la mente y el alma se movía y daba vueltas. Viajaba y se desplazaba en movimientos ondulantes dejando como rastro un aroma dulce y a la vez enérgico. Porque los nombres también tienen fragancia. Y fue esa fragancia la que se clavó en su memoria, la que lo obsesionaba incesantemente. Pero también lo era su firme y cadente sonoridad un motivo de obsesión: al pronunciar aquel nombre se desataba una tormenta de sensaciones impronunciables que lo envolvían y lo hacían levitar hasta que sus pies ya no tocan más este mundo frívolo, superficial, inhumano… o tal vez muy humano, demasiado humano. Nunca la conoció; jamás en su vida la había visto. Mas sabía su nombre: lo había visto escrito en un libro que alguna vez se topó en una de sus interminables visitas a la biblioteca. Ninguna otra cosa le interesó, ni el título del libro ni mucho menos la corta descripción de la contraportada. No quiso siquiera saber a quién pertenecía aquel nombre. Le pareció ridículo y vacuo tener ese tipo de información. Lo único que le importó fue su nombre, un nombre, ese nombre... «Sólo imagínenlo –decía–, imaginen ese nombre».

Sunday, October 5, 2014

Una rara teoría del encuentro

Peter Pál Pelbart, Filosofía de la deserción. Nihilismo, locura y comunidad

Tal vez todo esto dependa, en el fondo, de una rara teoría del encuentro. Incluso en el extremo de la soledad, encontrarse no es chocar extrínsecamente con otro, sino experimentar la distancia que nos separa de él, y sobrevolar esta distancia en un ir-y-venir loco: “Yo soy Apis, Yo soy un egipcio, un indio piel-roja, un negro, un chino, un japonés, un extranjero, un desconocido, yo soy un pájaro del mar y el que sobrevuela tierra firme, yo soy el árbol de Tolstoi con sus raíces”, dice Nijinski. Encontrar puede ser, también, en­volver aquello o a aquél que uno se encuentra, de donde la pregunta de Deleuze: “¿Cómo puede un ser apoderarse de otro en su mundo, conservando o respetando, sin embargo, las relaciones y mundos que le son propios?”. A partir de esta distancia, que Deleuze llamó “cortesía”, Oury “gentileza”, Barthes “delicadeza”, Guattari “suavi­dad”, hay al mismo tiempo separación, ir-y-venir, sobrevuelo, con­taminación, envolvimiento mutuo, devenir recíproco. También podría llamársela simpatía: una acción a distancia de una fuerza sobre otra. Ni fusión, ni dialéctica intersubjetiva, ni metafísica de la alteridad, sino distancias, resonancias, síntesis disyuntivas. Con esto Deleuze relanza el vivir-solo en una dirección inusitada. Una ecología subjetiva precisaría sostener tal disparidad de mundos, de puntos de vista, de modo tal que cada singularidad preservase, no sólo su inoperancia, sino también su potencia de afectar y de envol­ver en el inmenso juego del mundo. Sin lo cual cada ser zozobra en el agujero negro de su soledad, privado de sus conexiones y de la simpatía que lo hace vivir.

Pelbart, Peter Pál. 2009. Filosofía de la deserción. Nihilismo, locura y comunidad. Buenos Aires: Tinta Limón.