Las calles le empezaron a parecer espléndidas, llenas de luces y de
personas que creía haber visto ya en algún lugar pero que sin duda no podría
llamar por nombre propio. Familiaridad en el anonimato. Sentado en una banca,
el mundo entero seguía su marcha mientras él, poco a poco, se perdía en la
densa opacidad de su espíritu. Ensimismado, constreñido por la pesadez de sus
pensamientos, se preguntaba por su propia existencia y la del mundo que
habitaba. Tan importante y a la vez insignificante le pareció la vida –la suya,
la de los otros, la del mundo– que en un destello de lucidez pudo entrever el
cosmos. Vio que todo terrestre era tan cósmico como aquel habitáculo planetario
que lo rodeaba o como las estrellas más lejanas de las que aún no sabemos nada.
Pensó en los rayos del sol y en el magma volcánico, en el plancton casi
infinito y en los abismos oceánicos, en el trazado geométrico de los cristales
de nieve y en las untuosas sustancias subterráneas. Pero divagó, también, sobre
el disgusto con su hermano, sobre la felicidad de volver a ver a su mejor
amiga, sobre el dolor de la lejanía. Todo, lo personal y lo cósmico, le pareció
tener la misma naturaleza: todo, absolutamente todo, era tan constitutivo como
banal.
La mirada perdida, absorta en pensamientos, volvió a las calles de la
ciudad. Vio entonces unos pies moviéndose en su dirección y se fijó en ellos. Levantando poco a poco su cabeza se fue encontrando con las pantorrillas, las rodillas, los muslos, la
cadera, el abdomen, el pecho, el cuello. Ahí se detuvo, pues no quería confrontar la
potencia del rostro. No creía necesario llevar a cabo este gesto, un gesto de
reconocimiento. Además, ¿qué objetivo ulterior podría tener esto? De seguro esa
persona seguiría de largo, trazaría otra ruta o, en el mejor de los casos, se
sentaría al lado suyo en espera de alguien más. Quiso entonces desviar la mirada
y retornar a sus existenciales meditaciones. Pero segundos antes de hacerlo, por
motivos que no podemos atribuir a la consciencia voluntariosa y mucho menos al
caprichoso inconsciente –solamente, tal vez, a la intensidad del afecto–, su cabeza
se levantó por completo y vio el rostro de aquel cuerpo. ¡Lo conocía! Conocía ese
rostro: sus particulares rasgos y la cautivante mirada no podían ser de nadie
más... Se conocían, se reconocieron. Los cuerpos se tornaron casi inmóviles y el tiempo era ya otro.
¿Cómo era posible? ¿No era absurdo, acaso irreal y novelesco, ver por
tercera vez y de la forma más azarosa a alguien con quien él no había
intercambiado más que tímidas pero intensas miradas (eso y un par de tímidos
balbuceos)? ¿Podría ser tan caprichosa la vida como para llevar a dos desconocidos
a verse en más de una sola ocasión y en las condiciones menos pensadas? ¿Estaría
un travieso demiurgo detrás de los encuentros más fortuitos entre los seres? ¿Se
trataba de pura contingencia? ¿O acaso la contingencia, el azar, no era otra
cosa que una deliberada profanación cometida por una deidad en contra del
destino, del orden establecido? Sea como fuere, la inminencia del encuentro no
daba espacio para responder tan metafísicas cavilaciones. Se encontraban frente
a frente, sorprendidos los dos de haberse cruzado en el menos
probable de los escenarios.
(…)
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