Repentinamente, como si una mano invisible le inyectara un torrente de adrenalina, el ajado cincuentón tuvo deseos de escribir. No sabía qué, dónde o para qué escribiría, pero necesitaba hacerlo. Jalado por este impulso llegó a detenerse y sacar de su maleta el cuaderno que recién había comprado: se veía tan nuevo e inmaculado que utilizarlo para escribir reflexiones prosaicas, por no decir pueriles, le pareció todo un desperdicio, casi un sacrilegio. Titubeó, reflexionó, divagó. Dudó en atreverse a desacralizar la pureza de su novel adquisición. Pero dudó, ante todo, de embarcarse en un ejercicio escritural sin objetivo que eventualmente se tornase en algo superfluo. Entonces decidió no escribir. En un rápido movimiento, consecuencia más del frío que entumecía sus manos que de la exhibición de portentosos reflejos o habilidades, nuestro buen hombre guardó su cuaderno de notas en la maleta cruzada que llevaba consigo y siguió su camino.
Era una noche fría como tantas otras en ese invierno: poca gente en la calle, rostros reservados y negocios varios que daban la impresión de estar cerrados. Mientras caminaba, se fijó en tres o cuatro transeúntes –hombres y mujeres por igual– que, por falta de otra expresión más adecuada, exudaban belleza y encanto. Quiso hacer algo: parar, hablarles, decirles gentil y respetuosamente que no podía dejar de apreciar sus ojos, sus labios, incluso su cuerpo, ese cuerpo escondido por las múltiples y variopintas capas de ropa tan necesarias para estas crueles temperaturas. Como podremos imaginar, nada hizo. No era del tipo tímido aquel hombre; nunca lo había sido y ya entrado en la adultez tenía aún más razones para no serlo. Pero no hay duda, y en eso coincidiremos muchos, de que una cosa es no ser tímido y otra, ya muy distinta, es pararse en medio de la acera para abordar repentinamente a un desconocido cualquiera con el único y explícito fin de alabar sus atributos.
Al doblar a la izquierda para tomar una de las calles que solía frecuentar durante sus paseos por la ciudad, sintió en su pecho una especie de opresión. No era, sin embargo, una sensación angustiosa. Se trataba más bien de una extraña emoción, un impulso productivo muy parecido al que hacía unos minutos lo había invadido. Supo entonces que no podía aplazar más lo inevitable: tenía que escribir, ¡debía hacerlo cuanto antes! Recordó aquel café, ese lugar ligeramente místico que parecía guardar y fundir en una sola atmósfera fragmentos de todos y cada uno de los clientes que constantemente lo visitaban. Acelerando el paso, el hombre se dirigió hacia allí y en menos tiempo del que había podido imaginar se encontró en la barra pidiendo un vaso de cerveza rubia (su predilecta). Solo pensaba en no dar más dilación a la escritura así que maniobró torpemente para sacar el dinero de su bolsillo y pagar.
De que nuestro cincuentón había olvidado tomar el cambio solo se dio cuenta la barman, quien intentó llamarlo inútilmente. El hombre estaba tan absorto buscando su cuaderno que nada escuchó. Se acomodó en una de las dos mesas que quedaban libres y dejó que su corazón y su cuerpo entero se desaceleraran. Justo en ese instante, ya sentado y mirando a su alrededor, notó que no sabía qué debía o quería escribir. Su deseo fue tan intenso que en lo único en que había reparado era en la fuerte necesidad de plasmar algo en un papel. Pero nunca, o como diríamos, jamás de los jamases, pensó en las palabras concretas o en la temática específica de aquello que escribiría. Titubeó, reflexionó, divagó… durante dos segundos. Y escribió: comenzó a escribir sobre aquella noche en que un fuerte impulso lo llevó a sentarse a escribir en un café.
Era una noche fría como tantas otras en ese invierno: poca gente en la calle, rostros reservados y negocios varios que daban la impresión de estar cerrados. Mientras caminaba, se fijó en tres o cuatro transeúntes –hombres y mujeres por igual– que, por falta de otra expresión más adecuada, exudaban belleza y encanto. Quiso hacer algo: parar, hablarles, decirles gentil y respetuosamente que no podía dejar de apreciar sus ojos, sus labios, incluso su cuerpo, ese cuerpo escondido por las múltiples y variopintas capas de ropa tan necesarias para estas crueles temperaturas. Como podremos imaginar, nada hizo. No era del tipo tímido aquel hombre; nunca lo había sido y ya entrado en la adultez tenía aún más razones para no serlo. Pero no hay duda, y en eso coincidiremos muchos, de que una cosa es no ser tímido y otra, ya muy distinta, es pararse en medio de la acera para abordar repentinamente a un desconocido cualquiera con el único y explícito fin de alabar sus atributos.
Al doblar a la izquierda para tomar una de las calles que solía frecuentar durante sus paseos por la ciudad, sintió en su pecho una especie de opresión. No era, sin embargo, una sensación angustiosa. Se trataba más bien de una extraña emoción, un impulso productivo muy parecido al que hacía unos minutos lo había invadido. Supo entonces que no podía aplazar más lo inevitable: tenía que escribir, ¡debía hacerlo cuanto antes! Recordó aquel café, ese lugar ligeramente místico que parecía guardar y fundir en una sola atmósfera fragmentos de todos y cada uno de los clientes que constantemente lo visitaban. Acelerando el paso, el hombre se dirigió hacia allí y en menos tiempo del que había podido imaginar se encontró en la barra pidiendo un vaso de cerveza rubia (su predilecta). Solo pensaba en no dar más dilación a la escritura así que maniobró torpemente para sacar el dinero de su bolsillo y pagar.
De que nuestro cincuentón había olvidado tomar el cambio solo se dio cuenta la barman, quien intentó llamarlo inútilmente. El hombre estaba tan absorto buscando su cuaderno que nada escuchó. Se acomodó en una de las dos mesas que quedaban libres y dejó que su corazón y su cuerpo entero se desaceleraran. Justo en ese instante, ya sentado y mirando a su alrededor, notó que no sabía qué debía o quería escribir. Su deseo fue tan intenso que en lo único en que había reparado era en la fuerte necesidad de plasmar algo en un papel. Pero nunca, o como diríamos, jamás de los jamases, pensó en las palabras concretas o en la temática específica de aquello que escribiría. Titubeó, reflexionó, divagó… durante dos segundos. Y escribió: comenzó a escribir sobre aquella noche en que un fuerte impulso lo llevó a sentarse a escribir en un café.
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