Ese nombre, un nombre como tantos otros, se había enmarañado en su memoria y en su corazón. Por los intrincados rincones de la mente y el alma se movía y daba vueltas. Viajaba y se desplazaba en movimientos ondulantes dejando como rastro un aroma dulce y a la vez enérgico. Porque los nombres también tienen fragancia. Y fue esa fragancia la que se clavó en su memoria, la que lo obsesionaba incesantemente. Pero también lo era su firme y cadente sonoridad un motivo de obsesión: al pronunciar aquel nombre se desataba una tormenta de sensaciones impronunciables que lo envolvían y lo hacían levitar hasta que sus pies ya no tocan más este mundo frívolo, superficial, inhumano… o tal vez muy humano, demasiado humano. Nunca la conoció; jamás en su vida la había visto. Mas sabía su nombre: lo había visto escrito en un libro que alguna vez se topó en una de sus interminables visitas a la biblioteca. Ninguna otra cosa le interesó, ni el título del libro ni mucho menos la corta descripción de la contraportada. No quiso siquiera saber a quién pertenecía aquel nombre. Le pareció ridículo y vacuo tener ese tipo de información. Lo único que le importó fue su nombre, un nombre, ese nombre... «Sólo imagínenlo –decía–, imaginen ese nombre».
Monday, October 6, 2014
Sunday, October 5, 2014
Una rara teoría del encuentro
Peter Pál Pelbart, Filosofía de la deserción. Nihilismo, locura y comunidad
Tal vez todo esto dependa, en el fondo, de una rara teoría del encuentro. Incluso en el extremo de la soledad, encontrarse no es chocar extrínsecamente con otro, sino experimentar la distancia que nos separa de él, y sobrevolar esta distancia en un ir-y-venir loco: “Yo soy Apis, Yo soy un egipcio, un indio piel-roja, un negro, un chino, un japonés, un extranjero, un desconocido, yo soy un pájaro del mar y el que sobrevuela tierra firme, yo soy el árbol de Tolstoi con sus raíces”, dice Nijinski. Encontrar puede ser, también, envolver aquello o a aquél que uno se encuentra, de donde la pregunta de Deleuze: “¿Cómo puede un ser apoderarse de otro en su mundo, conservando o respetando, sin embargo, las relaciones y mundos que le son propios?”. A partir de esta distancia, que Deleuze llamó “cortesía”, Oury “gentileza”, Barthes “delicadeza”, Guattari “suavidad”, hay al mismo tiempo separación, ir-y-venir, sobrevuelo, contaminación, envolvimiento mutuo, devenir recíproco. También podría llamársela simpatía: una acción a distancia de una fuerza sobre otra. Ni fusión, ni dialéctica intersubjetiva, ni metafísica de la alteridad, sino distancias, resonancias, síntesis disyuntivas. Con esto Deleuze relanza el vivir-solo en una dirección inusitada. Una ecología subjetiva precisaría sostener tal disparidad de mundos, de puntos de vista, de modo tal que cada singularidad preservase, no sólo su inoperancia, sino también su potencia de afectar y de envolver en el inmenso juego del mundo. Sin lo cual cada ser zozobra en el agujero negro de su soledad, privado de sus conexiones y de la simpatía que lo hace vivir.
Pelbart, Peter Pál. 2009. Filosofía de la deserción. Nihilismo, locura y comunidad. Buenos Aires: Tinta Limón.
Tal vez todo esto dependa, en el fondo, de una rara teoría del encuentro. Incluso en el extremo de la soledad, encontrarse no es chocar extrínsecamente con otro, sino experimentar la distancia que nos separa de él, y sobrevolar esta distancia en un ir-y-venir loco: “Yo soy Apis, Yo soy un egipcio, un indio piel-roja, un negro, un chino, un japonés, un extranjero, un desconocido, yo soy un pájaro del mar y el que sobrevuela tierra firme, yo soy el árbol de Tolstoi con sus raíces”, dice Nijinski. Encontrar puede ser, también, envolver aquello o a aquél que uno se encuentra, de donde la pregunta de Deleuze: “¿Cómo puede un ser apoderarse de otro en su mundo, conservando o respetando, sin embargo, las relaciones y mundos que le son propios?”. A partir de esta distancia, que Deleuze llamó “cortesía”, Oury “gentileza”, Barthes “delicadeza”, Guattari “suavidad”, hay al mismo tiempo separación, ir-y-venir, sobrevuelo, contaminación, envolvimiento mutuo, devenir recíproco. También podría llamársela simpatía: una acción a distancia de una fuerza sobre otra. Ni fusión, ni dialéctica intersubjetiva, ni metafísica de la alteridad, sino distancias, resonancias, síntesis disyuntivas. Con esto Deleuze relanza el vivir-solo en una dirección inusitada. Una ecología subjetiva precisaría sostener tal disparidad de mundos, de puntos de vista, de modo tal que cada singularidad preservase, no sólo su inoperancia, sino también su potencia de afectar y de envolver en el inmenso juego del mundo. Sin lo cual cada ser zozobra en el agujero negro de su soledad, privado de sus conexiones y de la simpatía que lo hace vivir.
Pelbart, Peter Pál. 2009. Filosofía de la deserción. Nihilismo, locura y comunidad. Buenos Aires: Tinta Limón.
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